21 oct 2011

tras los pasos de Edurne

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junio de 2010

Lo mío con las Vías Verdes va a ser algo así como lo de Edurne Pasaban con los catorce ochomiles.
Salvando las distancias, claro. Pero si tiene en cuenta su merced que uno no es de Bilbao, y que tira a friolero, sustituir cumbres nevadas por desheredados trazados ferroviarios, son diferencias tan sutiles que ni el lector más avezado reparará en ellas.
Algo mágico se enreda en los senderos de las Vías Verdes; desde la recuperación para la vida de pueblos que languidecían en la rutina y el aburrimiento, al milagro de encontrar a Caperucita Roja cruzando el bosque a golpe de pedal.

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Le tocó el turno ahora a la vía verde de la Sierra Norte de Sevilla. Y con esta ya llevo cuatro. Espero que antes de que la vejez me arrumbe definitivamente, haya podido completar las catorce. Talmente como la Pasaban, pero con menos alboroto publicitario y mediático. Justificable esta última circunstancia en que, verdaderamente, ella es bastante más guapa que yo.

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Así que esta vez, que nos juntamos ciento y la madre porque el Bosco chico le ha cogido el gusto y se adjuntó el toque femenino, establecimos nuestro cuartel general en Cazalla de la Sierra, pueblo famoso por sus anises y sus cigüeñas, elementos ambos con sobrada cantidad y calidad.

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Iremos despacio para no caernos. Parece oportuno, antes de subirnos a la bici, dejar memoria de algunas consideraciones sobre el entorno. Tiempo habrá luego de recrearnos en la parte técnica.

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Cazalla de la Sierra, ya me perdonarán los cazalleros, es un pueblo tirando a serrano por definición y a sosito por vocación. Y digo lo de sosito porque, excluyendo la feria, la romería de la Virgen del Monte y las propias vivencias de esta sobresaliente Vía Verde, aquí el más principal evento parece consistir en reunirse en torno al kiosco de las papas situado en la plaza del Carmen y, bolsa de papas va… bolsa de papas viene, como en las ferias antiguas, 2.50 euros la ración, el personal se arremolina cual si fuese un botellón cualquiera para comentar las vivencias del cada día.
Alanís queda fuera del trazado de la Vía Verde, a mitad de camino entre Cazalla de la Sierra y San Nicolás del Puerto, pero recomiendo un paréntesis para visitarlo. No se puede uno ir de aquí sin poner los pies en Alanís, lo que pueden hacer en la víspera del bicicleo y mientras reconocen el terreno. Es un pueblito que nos ofrece un estupendo y conservado castillo en el alto, la ermita de San Juan a su vera y una fuente, la de las Pilitas, con una leyenda a la que cuesta trabajo sustraerse


http://www.alanis.es/index.php/Turismo/Monumentos/fuente-de-las-pilitas.html

Si la visitan la noche de San Juan, aún pueden tener la suerte o el hechizo –otro milagro- de encontrar sentada en su brocal a la mora Ascia, Ana María pa los cristianos, llorando por la eternidad el asesinato de su doncel la misma noche en que iban a tomar las de Villadiego y el doncel la iba a evangelizar definitivamente.
Ya casi al final, junto a la vía y a escasos cinco kilómetros del Cerro del Hierro, el punto intermedio de nuestra etapa –que luego queda la vuelta-, se encuentra San Nicolás del Puerto, caserío dividido en dos por el río Galindón, el cual se salva con un espectacular puente romano a cuya sombra han construido una poza-piscina y un rebalaje que constituyen el núcleo central de la afamada playa de San Nicolás.


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Eso si, a pesar de los chavales que alborotan en la prueba gráfica que se les adjunta, les juro que el agua permanece fría de cojones en cualquier época del año, por lo que se recomienda abstenerse a los cicleros acostumbrados a climas más cálidos.
Por si lo anterior fuera poco, podemos encontrar en San Nicolás una cuidada área recreativa, allá donde nace el río Huéznar. Tiene de todo; por tener hasta tiene un chiringuito al uso, lugar ideal para reponer fuerzas, sorprenderse por la presencia –un nuevo milagro- de cangrejos en el río y hacer ánimos de emprender el camino de vuelta.


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El Cerro del Hierro, a diecinueve kilómetros en pedales de la estación de Cazalla, es el punto de retorno en nuestro viaje. Natural y monumento, lo conforman los restos del antiguo poblado minero, ahora reconvertido en segunda residencia de la mayoría de los que allí se cobijan. Unos doscientos metros más adelante, se sitúa la enorme hoya que da testimonio de la gloria minera de este paisaje. Hoya que se circunda por una corona de escarpadas rocas, remedo de un pétreo órgano ya para siempre silenciado.
Como en todas las minerías de nuestro país allá por el año 1900, fueron los ingleses los que metieron mano en la tajada. Los ingenieros ingleses ni que decir tiene que vivían como ingenieros ingleses. De aquel colonialismo fundamentalista nos han quedado como prueba la escuela inglesa (mitad iglesia, mitad escuela) y las casas de los ingenieros, ya en ruinas.
Valgan como anécdotas añadidas, para que su merced acuda documentado cuando decida el viaje, que las minas se empezaron a explotar sobre el año 1900 –a manos inglesas, claro-; que el ferrocarril que unía la explotación con la de Cazalla era de vía ancha, en contra de la costumbre de la época; que la explotación se detuvo durante la guerra civil española; que se reanudó acabada esta, ya explotada por una empresa española –las migajas-; que con hierro extraído de este lugar se construyó el puente de Triana en Sevilla y que cerraron definitivamente en el año 1966.


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Tanto al inicio, en Cazalla, como aquí en el Cerro, hemos echado en falta un punto de información en condiciones y un garito donde sentarnos y tomar un refresco –aunque fuera pagando- .
Si es entre uno y otro punto donde necesitas asistencia, que San Cucufato te ayude; no vimos ni un solo agente dedicado a este menester.
Toca ahora pasar a la parte técnica, al pedaleo, suum quisque por el que nos pagan.


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Suponiendo que tomes como punto de partida la estación de Cazalla-Constantina, suponer muy aconsejable porque harás en primer lugar el sentido ascendente, has de estar muy enterado que entre la susodicha estación y el pueblo más cercano –Cazalla- distan 8 kilómetros como ocho soles. Ocho kilómetros de carretera, curva sobre curva, con un desnivel medio del 6’5 % o, lo que es lo mismo, una cuesta del copón.
Ello hace imprescindible que el traslado desde Cazalla a la estación lo debas hacer en coche y con la bici como equipaje. La causa es muy simple: Cuando acabes el recorrido, a ver quién tiene huevos de subir esos ocho kilómetros hasta el pueblo a golpe de pedal. Desde luego yo no, que soy un ciclista piltrafilla e indocumentado.
Bueno, pues situados ya en la estación, la bike a punto y el culo y tus piernas también, hubimos de recapitular para ver por dónde leches empezábamos. La Vía no comienza propiamente en la estación, sino unos metros más abajo. Lo fácil es rebasar el paso a nivel –cuando no venga el tren- y bajar hasta la siguiente curva –unos cien metros- donde se ubica una casa rural denominada “El Paraíso del Huéznar”. Es un lugar donde deben alquilar bicicletas y servir de alojamiento. Y digo “deben” porque estaba cerrada a cal y canto. Tenemos mala suerte nosotros con los servicios.
Así que nos olvidamos del Paraíso del Huéznar y tenemos dos opciones; o seguir unos ochocientos metros por la antigua carretera a San Nicolás del Puerto y luego, al llegar a la altura de isla Margarita, cruzarla y entrar ya en el corredor verde; o tomar a la derecha la carretera para Constantina, cruzar el puente, e inmediatamente de cruzarlo tomar a la izquierda el inicio del ya mentado corredor verde.
Recomiendo la primera de las opciones porque así tienes la oportunidad de patear el recinto de isla Margarita, área recreativa estupendamente acondicionada y lugar ideal para ir a comer la tortilla de patatas.
Llaman a este tramo el corredor verde para distinguirlo de la propia vía verde, que encontraremos unos 4’5 kilómetros más adelante. El corredor no la desmerece; el firme es de tierra compactada y a la izquierda queda la ribera del Huéznar, con inmensos chopos que te dan sombra la mayor parte del tiempo. A la derecha queda la dehesa, prado, pastos, encinas y alcornoques, cochinos de pata negra y ganado bravo suficiente para llevar toros a Barcelona hasta el año 2054.


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Acabado este corredor volvemos a cruzar el Huéznar por un puentecillo con deliciosa umbría y, tras superar una corta cuestecilla, ya ponemos las ruedas sobre la Vía Verde propiamente dicha.
Y de verdad, lo juro por la memoria del Capitán Trueno, que es una pasada. El firme, de slurry, transcurre durante muchos kilómetros por el corazón del bosque, lo que te proporciona sombra y te quita viento. La pendiente es muy suavita, casi inapreciable, se cruzan dos puentes con firme amaderado y un diseño espectacular, así como un túnel que no se encuentra iluminado porque ni puñetera falta que le hace. Durante casi todo el trayecto te acompaña como música de fondo el arrullo del río y los sonidos del bosque y te dará la impresión de haberte sumergido en otro mundo.
A mi se me hizo corto y hubiera querido quedarme a vivir allí por unos meses. Pero el lunes tenía que trabajar…


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Por poner algunos peros:
1. Falta de atención y servicios antes, durante y después. Esto quiere decir que si pinchas, averías o te da un calambre, o te ayudas por ti mismo o yo recogeré tus restos la próxima vez que haga esa vía.
2. Ten especial cuidado al cruzar alguno de los caminos rurales que dan servicio a las fincas del lugar. Los ganaderos y agricultores del lugar van a lo suyo y no entienden de líricas ni de bicicletas.
3. Lleva abrigo sea cual sea la época del año en que la haces. Nosotros la hemos hecho a finales de junio y tanto al amanecer como al caer la noche, vestidos de verano como íbamos, temblábamos como zamacucos. Claro que nosotros somos gente del sur, que si se la meten llora y si se la sacan gritan. Un espeluzno de gente, vamos. Luego nos hemos enterado que al paraje le conocen como la Siberia Sevillana. No van mu descaminaos, no.


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Ya dije que van cuatro. La próxima, si el destino lo permite, será la Vía Verde del Almanzora, que me pilla mucho más cerca.
Acompañado o en solitario, espero tenerle ahí para contárselo. Y es que, si no lo cuento, la cosa pierde parte de su gracia.



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No te vayas sin disfrutar esto; enciende los altavoces y ...


La Vía Breve

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1 de marzo de 2010

Cuando el ayuntamiento de Lucainena decidió anunciar a bombo y platillo, en enero de 2010, la puesta en escena de su Vía Verde, equivocaron a todas luces el adjetivo de calificación.
Y esto es así porque si algo la caracteriza es su brevedad. Tan breve como cinco kilometrillos de nada. Así que antes que hayas ajustado plato y piñón, ya estas divisando a babor la noria de sangre del Cortijo las Tejas, o lo que es lo mismo, el final de la vía como tal.

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Bien es cierto que estos cinco kilómetros están cuidados como un jardín pero, como de mejorar se trata, haremos aquí mención a lo francamente mejorable, que de disfrutar el breve paseo ya dará su merced cumplida cuenta.

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Declaro pecado imperdonable, causa de excomunión y azote público, dejar fuera del circuito las minas propiamente dichas y los ocho hornos de calcinación, santo y seña de la minería en el lugar. Quedan a pocos metros y hubiera supuesto poco esfuerzo anexarlos al recorrido. Trazado que, dicho sea de paso, debiera incluir un recorrido por el casco urbano. Conforme está trazado en la actualidad, el ciclero puede iniciar el recorrido por la Vía sin poner los pies en Lucainena. Y eso, señores concejales de la cosa, es un fallo garrafal por muy temprano que ustedes quieran levantarse.

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Los cinco kilómetros de trazado, que se inician al amparo del pueblo y del peñón a cuya sombra duerme, se hacen en sentido descendente; ciento cuarenta metros de desnivel. A nuestras espaldas quedará la torre vigía, principal de las siete que protegían el emplazamiento urbano, a la izquierda la ermita de Nta. Señora del Rosario y, un poco más adelante, el nuevo cementerio.

El firme se conforma por gravilla y albero compactado. Es de hacer notar que, a pocas fechas de su puesta en servicio, ya se encuentra resquebrajado en algunos puntos. Alegará el abogado defensor que nunca ha llovido como este año; y le responderá el fiscal que como excusa… vale, pero que o lo arreglan o a no mucho tardar habrá que cambiar la calificación de breve por la de ruina.

Muy cuidadas, aunque por la extensión de la vía casi innecesarias, las áreas de descanso. A izquierda y derecha observaremos cortijos rurales, campos de labor y otros de secano. Rebasado el kilómetro 4, en un alto a la derecha, la casa rural de El Saltador, y un poco más adelante, a la izquierda y ya al final de la vía, la noria de tiro (o de sangre) del cortijo Las Tejas.
Se trata de un claro ejemplo del aprovechamiento del agua. La componen dos grandes ruedas, una horizontal que movía una caballería y otra vertical, engranada en la anterior, que llevaba colgada una maroma con arcaduces para sacar el agua del pozo.
Según la documentación recogida sobre el lugar, el mecanismo se situaba sobre un pozo alargado. El agua caía sobre un cajón de madera, de donde partía una acequia hasta una balsa cercana donde se acumulaba para el regadío.

Acabado el camino, que tan a poco sabe, nos queda la alternativa de seguir por lo que se ha dado en llamar “vía compartida” hasta la aldea de Polopos. Son 8 kilómetros más en los que la carretera ocupó la antigua plataforma del ferrocarril, lo que la hace irrecuperable. El eufemismo “compartida” viene a señalar que puede ser utilizada por cualquier vehículo con ruedas o sin ellas, y si bien es cierto que por aquí no circulan ni los zorros, también lo es el que cualquiera puede darte un susto, máxime si te haces a la equivocada idea de que to el monte es orégano.

A destacar, en este último tramo, el único túnel del trazado y los puentes derruidos de La Rafaela –u Olivillos, más próximo a Lucainena- y el del Molinillo, ya cercano a Polopos, llamado así porque a unos doscientos metros se ubicaba un molino, desgraciadamente ya en desuso.

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Al final, a falta de mejor abrevadero en Polopos, siempre se pueden recuperar fuerzas en la cercana Venta del Pobre, a cuyo mostrador podremos dar cuenta de las peripecias del camino.
Mientras nos tomamos una cerveza fresquita que nos reponga del sofoco del camino, podemos soñar lo estupendo que hubiera sido el que, por una vez, se hubieran hecho las cosas bien y del tirón. Esto es, treinta y tantos kilómetros en exclusividad de vía verde entre la mina de Lucainena y el cargadero de Aguamarga.
Claro que eso ya sería la leche. Aquí no se trabaja así.